viernes, 5 de agosto de 2016

TERRAZA DE PARÍS

Me gustaba porque era de caminar lento, pausado, casi meditativo. Llevaba las manos en los bolsillos del vestido, lo que deformaba el lino y lo ajustaba al cuerpo. Al sentarse en aquella terraza con olor a almendras, montó una pierna sobre la otra y, sin parar de hablar, dejó que su sandalia quedara por un momento suspendida en equilibrio en la punta del pie, columpiándose levemente mientras compartíamos el periódico sobre la mesa.

viernes, 17 de junio de 2016

SIN AGOBIOS

Todo iba demasiado rápido, acelerado, con la sensación de que la vida pasaba sin enterarme. Vivir sin objetivos me provocaba una sensación extraña, como un deja vu recurrente. Hubo momentos en que no sabía en qué mes estaba. Y lo peor fue que no me importaba. Todos los amigos de la isla me tenían por un privilegiado, y yo, si bien hasta entonces les habría dado la razón, empecé a tener dudas al respecto.
Además…ya era cincuentón. ¡Tenía cincuenta años, santo Dios, debería estar pensando en hacerme un plan de pensiones! Luego, sentado bajo la parra del bar de Claudio, el mundo volvía a su ritmo mientras elegíamos vino para los erizos....

lunes, 13 de junio de 2016

BAILANDO

"La confusión y el error forman parte del estado natural del ser humano. La perfección esconde una obsesión, y como tal no es sana". Eso me dijo en nuestra primera cita, mientras bailábamos. No supe si aquello era bueno o malo, así que seguí contoneándome como si no la hubiera oído.

BESOS DE CANELA

Hoy me he acordado de una chica a la que besé hace muchos años, una noche de aquellas en las que se podía fumar en los bares, mientras no paraba de mascar chicle de canela. "Así te acuerdas de mí cada vez que comas arroz con leche", me dijo al despedirse. Pensé que exageraba, pero no.

jueves, 9 de junio de 2016

UN ÁNGEL VESTIDO DE ROJO



Tener migraña la mañana en que tienes que ir a la Feria para firmar libros es una de las peores experiencias que puedes vivir. Domingo, doce de la mañana, sol y buena temperatura. Y yo con la cabeza como un bombo. Al dolor intenso en el occipital había que sumar una tamborrada embutida entre las sienes. Si no me hubiera comprometido con mi editor y mi agente, de buena gana me hubiera vuelto a casa.
La riada de gente me iba llevando casi en volandas igual que a un torero recién corneado. Apenas podía moverme en aquel enjambre. Recuerdo ir mirando los números de las casetas buscando la mía, la 303, pero antes de llegar hasta ella la avalancha me fue poco a poco desplazando hasta que, sin quererlo, me encontré frente al puesto de la Cruz Roja. Mi cara debía ser terrible porque al instante se presentó un ángel vestido de rojo.
    —Tú eres… —empezó a decir señalándome con el dedo mientras se acercaba.
    —Sí, lo soy —la interrumpí algo impaciente dando por sentado que me reconoció.
    —…Javier Marías, ¿no?
La broma no tuvo nada de gracia, pero ella empezó a reírse. No hay nada peor que reírse uno mismo de sus propios chistes. Eso sí, su sonrisa merecía la pena.
    —Perdón —se disculpó—, no lo he podido evitar. Sé quién eres; he leído tus libros.
No era el momento adecuado para enrollarse, así que le pedí lo más fuerte que tuviera en el botiquín. «Admito anestesia para mamíferos de gran tamaño”, bromeé. Me rio la gracia. Volvió con un par de sobres de paracetamol y un vaso de plástico con agua. Me lo bebí con el ansia de un explorador perdido que encuentra por fin un manantial.
    —¿Te debo algo? —le pregunté secándome los labios con la manga de la camisa.
Pensó un rato con expresión de mala actriz melodramática antes de contestar.
    —Dedícame un libro.
Accedí encantado y le pedí que se pasara por la caseta 303. Allí tendría su premio.

Nunca vino. En mi estudio aún mantengo su libro dedicado. A veces lo cojo y me da por pensar en lo que haría Javier Marías en mi lugar. Tal vez empezar una novela en la que un escritor de medio pelo recorre todos los hospitales de la ciudad buscando un ángel vestido de rojo.


Antología "Madrid en feria". VV.AA. Playa de Ákaba.
Rafael Caunedo, profesor de escritura creativa, coordinador de talleres de escritura y novelista. Su pasión es la ficción en cualquiera de sus manifestaciones, incluida la adaptación de la propia realidad.

sábado, 21 de mayo de 2016

INVENTARIO CAÓTICO I

Me gusta ver a mis hijas dormir; me gusta el rugby desde la grada y el tenis en la pista; los cuadernos nuevos y los coches viejos; me gusta el fuego con un piano de fondo; tengo debilidad por los flequillos largos y cruzados, de esos que hay que sujetar detrás de la oreja; enloquezco cuando una mujer se coloca el flequillo detrás de la oreja; me gusta el francés, hablado, no escrito; el color negro y el turquesa; andar descalzo en casa; las gafas siempre limpias y la imaginación, a veces, sucia; escuchar a los que saben e ignorar a los que se creen saber; me gusta pasear con las manos en los bolsillos y sentir cómo todo el mundo tiene más prisa que yo; disfruto observando desde la distancia y de las terrazas al sol en otoño, vacías, con un camarero veterano de chaquetilla blanca y sin peinado de futbolista; me gusta que me pongan una pasta en el platillo del café; me gusta la gente que sonríe cuando saluda y la que llora en el cine; y, claro, me encanta ver desperezarse a mi mujer los sábados por la mañana.


No me gustan los tatuajes que se borran; odio a la gente que te ofrece un antídoto después de envenenarte; no me gustan los bolígrafos verdes, el mus ni las apuestas; no entiendo las tendencias, ni que las sigan; no me gustan los peinados de los futbolistas, ni que los copien; no me gustan los referentes, las selecciones por defecto ni la política en funciones; no me gustan las escaleras de caracol; enfermo al entrar en un banco; no aguanto secarme con una toalla mojada y tampoco que me pidan que sonría para hacerme una fotografía; no me gusta que me toquen la cabeza ni las respuestas por silencio administrativo; odio que los relojes se atrasen, las subtramas y los baños sin ventana; no me gustan las camisetas sin mangas ni los sobacos que las llevan; no puedo con los bolígrafos de punta fina ni con los tramposos de manga ancha; odio el despertador de los lunes…, y de los martes; no me gusta meterme en un coche aparcado al sol, la ropa de colores chillones ni los álbumes de fotos; y, claro, llevo muy mal que mi mujer se despierte antes que yo y no pueda observarla mientras se despereza.

jueves, 12 de mayo de 2016

LOS CAFÉS

Eran las siete y veinte cuando el médico salió de la consulta quitándose la bata, lo que venía a significar que la conversación con ella no tenía carácter profesional. Quiso el neurólogo saber antes de nada a qué se debía la visita, aunque creía conocer el motivo. Una vez confirmadas sus suposiciones, cometió uno de los errores que todo médico jamás debe cometer:
   — ¿Por qué no lo hablamos tomando un café?
Los cafés, sacados de contexto, acercan mucho. A veces demasiado.
   —Te espero abajo.