lunes, 5 de diciembre de 2016

COCIDO MONTAÑÉS

Nada más aterrizar me llevó a un restaurante en un pueblo perdido, uno sin grandes pretensiones, ni estéticas ni gastronómicas, lo que facilitó la elección del menú. Era un negocio familiar, de comida casera, de esos que huelen a caldo de carne al entrar y el dintel de la puerta es tan bajo que hay que agacharse para pasar. Hacía muchos años que no comía sobre un mantel de papel blanco. Pensaba que ya no existían, incluso tuve ganas de dibujar sobre él. En el centro de la mesa había un dispensador de palillos de madera y no pude aguantar la tentación de hacer una especie de aspa entrelazando varios, como me enseñó mi padre cuando era niño. Llevar cincuenta años viviendo en Londres hizo que me emocionara cuando una señora mayor con mandil puso sobre la mesa un puchero de cocido montañés...

lunes, 28 de noviembre de 2016

LA CEBOLLA

Siempre he tenido facilidad para invitar a comer, no así para cocinar, así que le pedí que me ayudara. Me gustó verla llorar mientras picaba cebolla para la ensalada. Lloraba y sonreía a la vez mientras me hablaba, lo cual era desconcertante, aunque también muy sugerente.

lunes, 21 de noviembre de 2016

PREGUNTAS


Empecé a cansarme. Mis pasos se iban haciendo cada vez más cortos y su frecuencia más lenta. Hubiera sido absurdo disimular. Además no tenía por qué hacerlo. Entraba dentro de las posibilidades que un hombre de mi edad, poco dado al deporte y recién salido de un fuerte constipado, se cansara en una caminata por el campo. Y más cuando, para no resultar aburrido, mantenía viva una conversación con una mujer ventitantos años más joven que yo, acostumbrada a aquellos largos paseos, y con unas ganas insaciables de hacer preguntas.

domingo, 20 de noviembre de 2016

LOS HIPERBÓLICOS

―¿Qué te parece? ―me preguntó al rato sin mirarme.
―Parece muy acogedora.
Tal vez esperaba un adjetivo más preciso, o una demostración de admiración más entusiasta, o puede que un despliegue de alabanzas que premiaran su acertada elección. Me pareció correcto no exagerar. De hecho, no suelo hacerlo; siempre he sentido desconfianza de las personas “hiperbólicas”, de esas que la moderación y el término medio no forman parte de su vida y todo lo magnifican con el único fin de simular una sensibilidad de la que carecen...

lunes, 7 de noviembre de 2016

ESPÍRITU DE CONTRADICCIÓN

La médica resultó ser una mujer más habladora de lo que mi aislamiento podría asumir, aunque no me importó. Al revés; lo agradecí, dado que la fiebre no me permitía estar tan lúcido y despierto como para mantener activa una conversación medianamente interesante. Así que la dejé hablar.
La imposibilidad de salir a dar un paseo formó parte de sus recomendaciones. Dijo que era mejor esperar unos días más antes de salir, por mucho sol que hubiera fuera. Por suerte no dijo eso de “a tu edad no conviene arriesgarse a...”. Puede que lo pensara, pero no lo dijo. Si lo hubiera hecho, seguro que, por espíritu de contradicción, me hubiera puesto el abrigo y me hubiera largado a caminar sobre la nieve, aunque con ello me hubiera arriesgado a darle la razón.

domingo, 6 de noviembre de 2016

EL SÍNDROME FOSTER

Aquella mujer tenía el conocido como “síndrome Foster”, que consiste en creer que todos los arquitectos somos como Norman Foster: mediáticos, hipermillonarios, influyentes, glamourosos y casados con mujeres bellas e interesantes, por supuesto apasionadas del arte. Durante la cena me miraba con admiración, queriendo mostrarse atenta y dispuesta a ofrecer su ayuda. He de suponer que esto es lo que sienten las celebridades como Foster, y reconozco que no va conmigo recibir tales atenciones, por parecerme exageradas e indignas. Para neutralizarlas no se me ocurrió otra cosa que sonarme aparatosamente la nariz, humanizando así mi imagen y bajándola de un plumazo del olimpo de los seres absurdamente mitificados. 

sábado, 22 de octubre de 2016

EL RESBALÓN

No fue nada, un simple resbalón en el hielo de la acera, pero alguien llamó a los servicios de urgencia. Todo sucedió tan rápido que cuando me quise dar cuenta ya estaba en la ambulancia. Me desabrocharon el abrigo y me levantaron el jersey y la camisa. Yo me dejaba hacer. La impresión al contacto de la membrana de metal fue la misma que hubiera sentido si me hubieran puesto un cubito de hielo en el pecho. Resoplé y noté como se me erizaba el vello de todo el cuerpo. Hacia mucho tiempo que no tenía a una mujer joven tan cerca. La distancia que nos separaba era la medida del tubo de goma de su fonendoscopio. A esa distancia aprecié un pequeño lunar en el pómulo derecho, diminuto, minúsculo, hasta llegué a dudar de si se trataba de una gotita de café. Incluso pude percibir su olor, aunque no podría decir si se trataba de crema hidratante, cacao labial o suavizante de ropa. Olía a limpio en cualquier caso. Para concentrarse en el sonido de mi corazón mantenía la mirada baja, a la altura de mi abdomen. Lástima de los abdominales perdidos hacía unos años, pensé. Las estrellas grises de su fular le daban un toque infantil, como si no fuera una doctora auténtica y simplemente estuviera jugando a médicos. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento fue su voz pidiendo que prepararan el desfribilador. Lo demás ya lo sabéis por los periódicos.